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Decameron-John-William-Waterhouse

Literatura y Covid19: Primera Jornada del Decamerón

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Cuando más, graciosas damas¹, pienso en lo buenas que sois,  tanto más comprendo que la siguiente obra tendrá para vosotras un principio penoso y triste, tal y como lo es el recuerdo doloroso de aquella pestífera mortandad pasada.

Pero no quiero que por eso os asuste seguir leyendo.

Para que este horroroso comienzo de la novela del Decamerón no sea otra cosa que a los caminantes una montaña áspera y empinada, después de la cual está escondida una hermosísima y deleitosa llanura.

Una llanura que será más agradable y placentera cuanto mayor haya sido para vosotros la dureza de la escalada y la desescalada.

Pues así como el final de la alegría suele ser el dolor, no olvidéis que las miserias se terminan con el gozo que las sigue.

Os recuerdo, pues, que ya era el año de mil trescientos cuarenta y ocho cuando a la egregia ciudad de Florencia, nobilísima entre todas las otras ciudades de Italia llegó la mortífera peste que por obra de Dios, o por nuestras acciones inicuas, fue enviada sobre los mortales para nuestra corrección.

Había ésta comenzado algún tiempo antes en las partes orientales privándolas de gran cantidad de vivientes, y, continuándose sin descanso de un lugar en otro, se había extendido miserablemente a Occidente.

No sirvió contra ella ningún saber ni providencia humana como la limpieza de la ciudad de muchas inmundicias ordenada por los encargados de ello y la prohibición de entrar en ella a todos los enfermos y los muchos consejos dados para conservar la salubridad.

Y pese a todos los intentos,  casi al principio de la primavera del año antes dicho, empezó horriblemente y en asombrosa manera a mostrar sus dolorosos efectos en nuestra ciudad.

Y esta pestilencia tuvo mayor fuerza porque  parte de los que estaban enfermos de ella se abalanzaban sobre los sanos con quienes se comunicaban, no de otro modo que como hace el fuego sobre las cosas secas y engrasadas cuando se le avecinan mucho.

Y más allá llegó el mal: que no solamente el hablar y el tratar con los enfermos daba a los sanos enfermedad o motivo de muerte común, sino también el tocar los paños o cualquier otra cosa que hubiera sido tocada o usada por aquellos enfermos, que parecía llevar consigo aquella tal enfermedad hasta el que tocaba.

Había algunos que pensaban que vivir moderadamente y guardarse de todo lo superfluo debía ofrecer gran resistencia al dicho accidente y, reunida su compañía, vivían separados de todos los demás recogiéndose y encerrándose en aquellas casas donde no hubiera ningún enfermo y pudiera vivirse mejor, usando con gran templanza de comidas delicadísimas y de óptimos vinos y huyendo de todo exceso, sin dejarse hablar de ninguno ni querer oír noticia de fuera, ni de muertos ni de enfermos, con el tañer de los instrumentos y con los placeres que podían tener se entretenían.

Otros, inclinados a la opinión contraria, afirmaban que la medicina certísima para tanto mal era el beber mucho y el gozar y andar cantando de paseo y divirtiéndose y satisfacer el apetito con todo aquello que se pudiese, y reírse y burlarse de todo lo que sucediese; y tal como lo decían, lo ponían en obra como podían yendo de día y de noche ora a esta taberna ora a la otra, bebiendo inmoderadamente y sin medida y mucho más haciendo en los demás casos solamente las cosas que entendían que les servían de gusto o placer.

Muchos otros observaban, entre las dos  posturas dichas más arriba, una vía intermedia: ni restringiéndose en las viandas como los primeros ni alargándose en el beber y en los otros libertinajes tanto como los segundos, sino suficientemente, según su apetito, usando de las cosas y sin encerrarse, saliendo a pasear al aire libre o al trabajo, pero evitando en lo posible las aglomeraciones, y portando siempre en los bolsillos un gel antiséptico, así como cubriendo la nariz y la boca con las protectoras mascarillas, que a tal efecto se habían manufacturado ellos mismos o comprado.

A mí mismo me disgusta andar revolviéndome tanto entre tantas miserias; por lo que, queriendo dejar aquella parte de las que convenientemente puedo evitar, digo que, estando en estos términos nuestra ciudad de habitantes casi vacía,  sucedió…

Notas de del texto

1: La Covid-19 originada en China, y extendida después por toda Asia, Europa, América y África nos mantiene todavía en estado de sitio.

Cierto es que comienzan a verse ciertas  luces al final del túnel que nos permiten soñar con volver a disfrutar de todas aquellas cosas reversibles que hemos perdido con este duro golpe a la salud y la economía mundiales.

Otras, como los millones de vidas que se han perdido por culpa de esta peste ya no volverán.

Volver a valorar la vida como si nos la pudieran arrebatar en cualquier momento es una de las lecciones que quizá nos han quedado.

Pero puede que esta necesaria lección del “carpe diem” no sea la única que queramos ni debamos quedarnos.

Para plantearnos el futuro siempre resulta de ayuda echar una mirada al pasado.

Y para que el sufrimiento y las lecciones de otros nos aprovechen ahora y en el mañana que debemos construir con nuestros actos, os vamos proponer un curioso y ameno ejercicio: leamos una versión abreviada y libre del prólogo del Decamerón,  de Giovanni Boccaccio, una de las obras literarias más importantes en la génesis literaria del Renacimiento que se alumbró precisamente en  medio de unas sombrías circunstancias muy parecidas a las que estamos viviendo ahora.

En la redacción de este clásico de la literatura universal que os ofrecemos aquí, vamos a modernizar el texto y a seleccionar aquellos fragmentos que destaquen el paralelismo con la actualidad. Pero seremos casi rigurosamente escrupulosos en mantener intacto el contenido tal y como nos llega desde el final de la Edad Media…hasta que nos tomemos cierta y pequeña libertad en el último párrafo.

 El objetivo es que quienes no tengan la paciencia de leer estos sabrosos pasajes directamente de la fuente del libro original puedan al menos beneficiarse en esencia de los frutos que para nuestras vidas ofrece la lectura de los clásicos.  

Así que os dejamos con la voz directa del narrador del Decamerón, casi tal y como se publicaba en la segunda mitad del siglo XIV,  después del apocalipsis vivido en toda Europa a consecuencia de la Peste Negra o Peste Bubónica; hermana siniestra y medieval de la contemporánea y futurista Covid-19.